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Era un guiño dorado tras las nubes
el Sol, las aguas claras mecían su reflejo convirtiéndolo en un largo camino
chispeante.
El Lucero se hacia presente y las gaviotas se
alejaban a otros páramos, a descantar. Culminaba el día y ella, sin notarlo, seguía
nadando. Se sumergía y volvía a la superficie, una y otra vez. Mientras su larga
cabellera se confundía con las algas, mientras las estrellas llegaban para presenciar la
danza y la Luna despedía a el Sol.
Grillos, sapos y ranas ejecutaban sus músicas
desde la costa y ella solo nadaba, concentrada en cada movimiento de sus extremidades,
sumergiéndose y volviendo a la superficie, una y otra vez.
Y cuando los grillos, sapos y ranas se durmieron y
la Luna se enrojeció con el Sol, y las estrellas ya no estaban para observar, se dio
cuenta que nadie llegaba.
Solamente se alejó nadando, a lo
profundo del mar, a su azul oscuridad.
Nieves 14/02/05 |