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Desde la ciudad de Villa Ballester, Buenos Aires,
Argentina.
Parte l
Sentado en el sillón de su estudio, con el cuarto
iluminado por las tenues luces que penetran ariscas desde una pequeña ventana, desvelado
a las dos de la madrugada, Santiago, en la calma de la soledad evalúa su presente; y sus
pensamientos lo llevan a pasear por otros tiempos, de una juventud repleta de lugares
nuevos, a la añoranza de familiares, de amigos, hermanos que la vida fue llenando en su
camino.
Hace ya unos años que no realiza viajes por el
mundo, esas cacerías fotográficas: recolección de imágenes documentales, paisajes
urbanos; y los necesita, sabe que si. Sin embargo optó por estar aquí, estancado en esta
ciudad, trabajando rutinariamente en una editorial, con fotografías de archivos, maldito
photoshop en una condenada computadora.
Reniega de su decisión, se deprime y evadiendo el
sentir mira a través de la ventana y se distrae con la frescura del aire nocturno. Pero
aun tiene esa opresión en su pecho entremezclada con el gusto de la desesperanza y esas
ganas de correr, de salirse del cuerpo y montarse en el viento y viajar, viajar ahora
mismo, sin perder más la vida en esta vida que esta llevando.
Retrocede, se abriga con una simple chaqueta, baja
en ascensor los seis pisos que separan su departamento del suelo y sale a la noche sin mas
demora que el abrir y cerrar puertas.
La calle no es la misma a estas horas, esta calma,
son pocos los autos que la transitan y el viento fresco le sigue gustando, peina y
despeina sus cabellos en cada cambio de dirección y le inunda el alma con una sensación
de libertad, como a un adolescente descubriendo el sabor de la noche.
En su caminar constante se cruza con gente que no
conoce, sonríe por dentro, cómplice de un saludo ocular, pero no se detiene. Va
acelerando sus pasos casi inconscientemente, cada vez mas, sin rumbo preciso. Resurge la
ansiedad desde el interior de su sangre, furia, una lucha de sentires entre gritar, correr
o tirarse al suelo a llorar. Se detiene, recapacita. Observa a su alrededor, desconoce el
barrio y la plaza en la que se encuentra parado, el cielo esta clareando. Respira hondo,
tiene cansancio en sus músculos y un adormecimiento. Se sienta en un banco roto, reposa,
por un momento duerme. El sol va pintando lentamente de oro la ciudad y debe volver a su
rutina diaria. Incorporándose intenta regresar y se descubre arraigado al suelo; sus pies
y piernas aferrados exploran subterráneos buscado los escasos nutrientes. Su tórax ahora
leñoso, sube unos dos metros, sus brazos, sus manos, sus dedos convertidos en ramas se
expanden tomar la humedad del ambiente, queriendo embriagar su savia con la vida. Pero su
tiempo de ser hombre se diluyo en mediocridades, Santiago ahora es un árbol.
Parte ll
Hoy soy yo quien sale a caminar por las calles
vacías de color de esta ciudad que duerme en busca de alguna respuesta, de un desahogo,
de paz. De la mano de mi poesía veo los cordones infinitos besándose inescrupulosos en
el horizonte, lejos, bien lejos.
A mi alrededor, las sombras moviéndose entre los
tachos de basura eterna entremezclada con pobre esperanza ya no me asustan, me angustian.
Bajo los neones hay niños durmiendo acurrucados
con perros, bajo cartones y diarios, soledad en sus almas, infancias anoréxicas de amor.
Y la ciudad que duerme. Las noticias de ayer madrugan empaquetadas, esperando, y el viento
de la noche sigue trayendo el aroma de los sueños pasados.
Y mis pasos siguen firmes, sobre baldosas que escupen la rancia
humedad que guardan y ese maldito tiempo comiéndome los pies. La luna allá arriba, como
cíclope nocturno de un cielo opaco, persigue mi andar constante y la única gota de sal
aun escondida, buscando una vía de escape. La sirena que habita en mi alma chapotea en mi
sangre recién oxigenada, juega por mis entrañas y llora por el mago que viajo a otro
mundo en busca de una ilusión para su nuevo show. Lejos, bien lejos. Y mis pasos siguen
firmes, tercos, por una ciudad que no despierta, ciega de naturaleza, esencia de la vida.
Y entre tanta oscuridad, artificialmente iluminada, sintiendo casi nada en mi ser, con un
deseo entrecortado, lo descubro, sosteniendo un reloj que ya no sirve, sonriente
saludándome, Santiago que me dice: "tranquila, ya esta por salir el sol".
Parte III
Cuando mi descanso se convierte en un par de pupilas despiertas y
las palabras giran en mis pensamientos sin sentido aparente; cuando reflexionar bajo tu
sombra parece ser lo único que me genera paz, en esas noches coronadas por la fría luna
llena, salgo a recorrer en bicicleta las calles de siempre y el pedalear furioso por fin
me lleva al encuentro de tu crucifixión. Lejos queda tu ciudad de la mía, pero la
energía que me brota acorta las distancias y poco a poco se va disolviendo, calmando mis
ansias. Desde que me descubriste en esa alborada, mi visión del mundo tuvo un
cambio, y la espera del sol naciente en mi ser trae esperanzas de un día mejor. Pero esta
noche de insomnio, mirándote desde aquí abajo, a la altura donde el ojo común se pierde
en el horizonte, sentada ahora en el banco roto que fue testigo de tu transformación,
intento conectarme con tu esencia, trato de comprenderte, como si tus motivos de ser
fueran los mismos a los míos. Si solo con desifrarte pudiera por fin calmar mi sangre. Y
me lleno de preguntas. ¿Que comprendiste de el mundo, por que huiste con tanta angustia
de tu ser hombre?
Y estando aquí sentada, con tantas dudas en mi mente, puedo de
pronto sentir tu transformación, y hacerme responsable de ella, como si fuera yo una
parte de vos.
Dragón de Fuego |