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Temblorosos labios, expectantes, impacientes ...
esperan el día señalado para sentir de nuevo el roce de algo tan dañino como
placentero, una mezcla de elementos que se convierte en lo que seremos: ceniza.
Boca que aguarda la invasión de ese extraño e
inolvidable sabor, nada agradable pero pleno.
Órganos nerviosos por la llegada de un aire
contaminado que les matará y a la vez les hace sentir vivos.
Manos perdidas, amigas de una pluma, de cualquier
bolígrafo o lápiz con los que juguetear como niños queriendo parecer hombres por tener
lo prohibido entre los dedos.
Pies que, atrapados por la inercia, nos llevan una
y otra vez, casi sin darnos cuenta, por el camino que conduce a su morada, ese lugar al
que debemos aprender a no ir para evitar caer en la tentación de volver a sentir ese
humo, ese sabor.
Un olfato recuperado que despierta cada vez
que siente un rubio o un negro cerca.
El recuerdo en cada sobremesa de esa sensación
que sobreviene al celebrar el término de un trabajo bien hecho, ese momento de bienestar,
de tranquilidad, de "bien está lo que bien acaba" ...
X días, tantos minutos, un sin fin de segundos ... todo llegará.
Iulieta |