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¿Recuerdas tu primera vez?, ¿dónde fue?, me
refiero a que si recuerdas en que sitio... juer ... menudo sitio, como el mío. Porque no
es por nada pero es que escogemos cada uno. Claro, luego nos pillan. Empiezas usando
soportales y callejones, cerca del cine, del colegio o de casa. Creo que os hablé en
alguna ocasión de los soportales de una iglesia que había cerca de... bueno cerca de
casi todos los sitios. La fila de atrás del cine, la de los mancos, era algo impensable
estaba muy controlada. En cuanto la acomodadora percibía el más mínimo susurro o ruido
presuntamente provocado por un roce te enfocaba con la linterna, de aquellas de pila de
petaca, y te soltaba el consabido: "Bedri, estate quieto con las manos que se lo digo
a tu madre y al director del colegio". Y eso si que era una faena, en cuanto llegabas
a casa tu madre ya lo sabía y como ella todas las demás madres porque puede que aún no
nadie se hubiera ni siquiera imaginado la sociedad de la comunicación, pero el
"tam-tam" funcionaba de cine, y nunca mejor dicho. En cuanto entrabas por la
puerta empezaba el interrogatorio. ¿Dónde habías estado? ¿Con quien? ¿Qué habías
hecho? ... a las dos primeras le contestabas con la verdad. Para la tercera te reservabas
una mentira, total, no te iban a creer...por lo menos que el castigo fuera por algo,
aunque fuera por mentir y ella no lo supiera. Eso si, no te castigaban sin tele o sin
salir. Televisión casi no había, ni siquiera había inventado barrio sésamo, hubiera
sido un sacrilegio lo del monstruo de las galletas, tampoco estaban Coco, ni Epi y ni por
supuesto Blas. Solo estaban Valentina, el Capitán Tan, Locomotoro, el Gordito, el Tío
Aquiles y los hermanos aquellos esquizofrénicos que tan pronto eran malos e iban de negro
como se vestían de blanco y entonces eran requetebuenos, pero eso creo que era porque
esos eran los dos únicos colores de la tele de entonces... siempre me pregunté si la
televisión hubiese sido en colores ¿los hermanos esos serían muy malos cuando se
volvieran rojos?. También estaba Eurovisión pero afortunadamente era solo una vez al
año y el fútbol, pero eso solo era los domingos. Y en cuanto a dejarte encerrado en casa
pues que maldita la gana que tenía mi madre de tenerme todo el día dando la coña.
Tampoco había coche que lavar ni césped que segar, porque en mi pueblo no había
césped. Creo que el primero lo tuvo el director de la fábrica en un jardín que se hizo
alrededor del chalet. El césped es una cosa verde como la hierba pero más cortita y no
se puede pisar.
Lo aprendido en aquellos interrogatorios me
serviría más tarde.
A mi me castigaban a ir al rosario. No, no era una
cosa tan mala, total, de aquella rezar era algo habitual por lo obligatorio. Yo creo que
había gente que lo hacía hasta antes de... y puede que alguno sustituyese el cigarrito
por unas avemarías o un "tedeum", yo mismo en alguna ocasión... pero no
inmediatamente después... algunos días después... hasta velas a Santa Rita. Lo mejor
del rosario venía cuando se acababa, si era en una buena casa se merendaba bien. Las
pastitas pueden resultar una mariconada ahora pero de aquella solo tenían el
inconveniente de ser demasiado pequeñas. Otras veces las meriendas eran bastante más
contundentes, dependía de muchas cosas, del poder adquisitivo de la casa, de la época
del año, de la categoría de los invitados... Las pastas acostumbraban a ser de Reglero y
solían acompañarse con vino quinado, ese oscurote y dulce que viene en botellas
cuadradas y a veces con una monja sonriente en la etiqueta. A los niños también nos
daban, era reconstituyente se decía. Juer con lo de reconstituyente, una vez tuvieron que
llevarme a casa entre mi tía y una vecina. Al día siguiente si que tuvieron que
recostituirme. Creo que esa fue una de las razones por las que dejaron de castigarme con
el rosario, con ir al rosario quiero decir, que nadie interprete otras cosas. Eso si,
estuve una semana que no me cogía la lengua en la boca y que el simple nombre de cierto
forzudo que tuvo una determinada relación con una tal Dalila me producía y me sigue
produciendo relativas nauseas. Otra de las razones fue el bacalao. No, no me refiero a la
música, me refiero al pez que secado y salado se consume en ciertas épocas del año.
Pues eso, que a Luisín y a mi, para que no incordiáramos, nos mandaron a jugar a la
galería. Este era un cuarto de la casa, con un gran ventanal orientado al sur, en un
rincón algo protegido colgaba gran una pieza de bacalao. Era inmensa, de color
amarillento y olor intenso y penetrante. Pues bien, al susodicho Luisín y a mi, ahora le
llamamos Luisón por cuestiones fácilmente imaginables, no se nos ocurrió mejor cosa que
darle un pellizco al pescado. Es que nos habían dejado sin merendar. A mi ya no me daban
quina. Lo probamos y nos gustó, así que merendamos. Cuando nos fueron a buscar faltaba
un buen trozo de pez y la abundante sal en el suelo de madera indicaba nuestra faena.
Nunca en mi vida pasé tanta sed, creo que aún no me ha pasado del todo. A mi, esa vez,
me castigaron sin cenar. A Luisín le cortaron el pelo, con lo orgulloso que estaba el de
su melena a lo ye-yé.
Lo realmente jodido era cuando se enteraba el
director del colegio. Que siempre había meritorios envidiosos que se lo iban a contar.
Ese si que era un castigo terrible. Como no tenía ninguna gracia no os lo voy a contar,
reseñar solo que desde entonces tengo cierta aprensión y rechazo a palabras como orden o
disciplina. Muchos años después entendí que había gente que realmente disfrutaba
causando daño a los demás. Siguen sin gustarme esos individuos que mutilan a las
personas en su libertad.
Un tiempo más adelante, la necesidad de
"espacios de intimidad" nos hacía buscar aquellos lugares lo suficientemente
tranquilos y accesibles como para poder ser "visitados" en los momentos en los
que fuera necesario. El problema es que solían estar muy concurridos. Para los que somos
de zona rural, el campo siempre ha sido una alternativa válida. Aunque plantea ciertos
inconvenientes. En Asturias era solo "practicable" en algunas épocas del año,
la climatología no es precisamente una aliada para estas cosas. La hierba puede resultar
muy excitante, pero la humedad o los animalitos no. Hablando de bichitos, una vez, a lo
tonto, como que no quiere la cosa, una tarde de agosto, ella y yo acabamos sobre la
hierba, ligeros de ropa, ella solo con una cinta en la frente, yo solo con la marca del
reloj. Habíamos escogido un lugar bastante tranquilo, protegido de miradas indiscretas,
bajo un roble, con una hermosa vista de la ría. Nos habíamos revolcado literalmente
sobre la hierba, rodando a un lado y a otro. En un momento del juego, de momento solo era
eso, ella se colocó a horcajadas sobre mi. Y me miró, con una mirada capaz de dejar a la
Antártida sin hielo. Yo me las prometía muy felices. Ella se quitó la cinta del pelo y
la arrojó al montón de la ropa. Un hormigueo recorrió mi cuerpo. la excitación era
intensa. Ella comenzó a moverse y a acariciarse los pechos. Mi corazón comenzó a latir
aceleradamente, mi respiración se hizo profunda. Una intensa sensación recorrió toda mi
piel. Un alfilerazo me taladró la espalda. Ella suspiró, con un suspiro largo, profundo,
excitante. Yo dejé escapar una ligera exclamación, luego otra y otra, y otra más,
sentía que mil agujas atravesaban mi piel. Comencé a agitarme. Ella se excitó aún
más. Dobló su cuerpo hacía atrás mientras de su garganta escapaba un excitante sonido
gutural. ¡Para por favor, párate! le dije con voz entrecortada. Ella se enderezó sobre
mi. Su rostro indicaba la estupefacción que sentía. ¡Bájate ¡¡rápido!! casi grité.
Ella no se movió, me agité con más fuerza aún. Volví a insistir ¡¡bájate,
bájate!! Ella de un salto se puso de pie, parecía asustada. Estaba asustada. Pero apenas
vi su cara, en cuanto ella me dejó, di un salto, y comencé a correr mientras efectuaba
un extraño baile. Yo corría y saltaba mientras me contorsionaba. En un momento que pasé
cerca de ella la vi dando patadas al suelo mientras se golpeaba con sonoros cachetes las
piernas y los muslos. Me paré frente a ella para ver que hacía y ella hizo lo mismo.
Muestras miradas se cruzaron y al unísono se dirigieron al lugar donde habíamos estado
acostados. Era fácil de localizar, la hierba estaba aplastada y cubierta de feroces y
enormes hormigas rojas. Una sonora carcajada invadió la pradera ¿A que me ha quedado muy
bien esto último?...Rápidamente cogimos la ropa, nos apartamos unos metros y nos
dedicamos a quitar detenidamente las hormigas de cada prenda. Un montón de estas había
ido a parar directamente encima del hormiguero ocultándolo a nuestra vista pero al mismo
tiempo enfureciendo a las hormigas. Es curioso pero el sitio más complicado de quitarlas
por lo mucho que se aferraban era la parte de las braguitas que... bueno, ya sabéis que
parte. No volví a aquel sitio pero guardé la cinta de ella como recuerdo.
Y es que hay que tener mucho cuidado con los
bichos, porque no hay que fiarse del tamaño, los pequeños suelen ser más peligrosos que
los grandes. A una pareja de amigos les sucedió algo bastante peor y en esta ocasión los
entrometidos eran bastante más pequeños y se manifestaron un tiempo después. No
tuvieron mejor idea que usar para sus actividades lúdico-anatómico-amatorias una caseta
de las utilizadas para guardar los aperos de labranza en las huertas. No sabían que
estaba infestada de pulgas. Estuvieron un par de semanas llenos de ronchas. Cuando nos
interesábamos por el asunto y les preguntábamos cómo era que no se habían dado cuenta
el respondía: "no...bueno...yo sentía un cosquilleo... pero claro ... como
estábamos a lo que estábamos ... pensé que era lo normal de estas cosas...". Ese
mismo lugar fue utilizado mucho tiempo después por el hermano pequeño de usuario
mencionado pero que solucionó los inconvenientes anteriores usando el collar
antiparásito del perro, bueno y el del perro de su novia. Con la excusa de sacar a
pasear al perro se iba con su novia al huerto, y nunca mejor dicho. El chollo se les
acabó cuando el perro de ella se escapó y volvió a casa y sin solo collar. A la chica
le costó bastante explicarse. Desde entonces fue el hermano de la chica quien paseaba al
perro. El hermano menor de mi amigo delegó en su hermana más pequeña la misión de
sacar al perro todas las noches. Es curioso, pero a la hermana de mi amigo ya no le
disgustaba nada esa tarea. Ahora tienen otro perro y sigue siendo la hermana de mi amigo
quien lo pasea. Eso si, acompañada de su marido que es, curiosamente, el hermano de la
chica del hermano de la chica que es la hermana de mi amigo. Pues eso. Si es que esto de
los animalitos es un misterio. A la sobrina de mi amigo le tienen prohibido sacar a pasear
al perro a ninguna hora del día o de la noche. Le han comprado un periquito.
Algún tiempo más tarde tuve otro incidente por
la intromisión de animalitos. Era una noche sin luna, de un cálido sábado veraniego y
discotequero. Salimos los dos, ella y yo, a la búsqueda de un lugar con menos miradas que
los reservados de la parte de arriba del Escorpio. Subimos por la Ballera hasta la
Capillina, pero estaba ocupada. Seguimos hacia arriba, por la carretera de Agüelle y
entramos en un prado. En uno, que más da. Buscamos una esquina, un ángulo entre los
setos vivos, sebes que les llamamos en Asturias. Entre la oscuridad de la noche sin luna y
la forzada por el sitio el tacto era un elemento imprescindible en la acción que allí se
desarrollaba. En plena operación de retirada de elementos superfluos que obstaculizaban
el contacto epitelial ella se detuvo y se estuvo quieta unos segundos. "Hay
alguien", dijo. Yo, más preocupado en otras cosas le contesté: "Pero ¿cómo
va a haber alguien aquí a estas horas?". Pareció tranquilizarse y continuamos.
Estaba yo ya peleándome con el cierre del sujetador; ya mencioné los problemas que
suelen plantear, pues imaginaos a oscuras y en un prado; cuando ella repitió: "hay
alguien". Yo molesto con la interrupción no le contesté y seguí con el sujetador.
"Hay alguien y nos mira" continuó algo nerviosa. Entonces le hice caso e
intenté ver alrededor. La oscuridad era casi total, solo el resplandor de la lejana villa
y de las estrellas ponía algo de luz en la escena, una larga mancha oscura indicaba la
sebe. Un ruido sordo y seco llegó desde un lado de la sebe. "Un bichejo" dije
para tranquilizarla. No pareció muy satisfecha pero seguimos a los nuestro. No obstante
yo comencé a tener la extraña sensación de que no estábamos del todo solos. Ya me
había logrado desembarazar del sujetador cuando ella dio un grito. Rápidamente me giré.
Y allí, en medio del área iluminada por los faros de un coche que bajaba de San Vicente
un rebaño de vacas, dispuesto en semicírculo en torno nuestro, nos miraba de forma que
pudiera parecer inquietante. Ella señaló con el índice de la mano derecha extendido al
rebaño de vacas, volvió a gritar, se levantó y salió corriendo. Las vacas más
asustadas que ella salieron huyeron en dirección apuesta. Ella gritando aterrorizada
salió a la carretera a todo correr. Yo me quede en el sitio. Por tres razones, una, las
vacas no me dan miedo; dos, ya se habían ido y tres, no me pareció prudente salir
corriendo desnudo. Me vestí y recogí cuidadosamente su ropa y salí a buscarla pero ya
no estaba. La llamé varias veces. Grité su nombre repetidamente pero no contestó.
Asustado regresé con mis amigos intentando buscar ayuda. Volvimos a buscarla con
linternas. Éramos unos pocos, alguno creo que iba más que nada con la intención de verla
desnuda. Las luces azules girando y la sirena nos advirtieron de que se acercaba la
policía. Quizás por un acto reflejo desaparecimos todos de allí y nos escondimos entre
las sombras. Uno de los policías se bajó del coche y se dirigió con una linterna al
lugar donde yo había estado con la chica. Dio varias vueltas enfocando hacia el suelo,
como buscando algo. En cuanto se fueron nos juramentamos y decidimos no decir nunca nada a
nadie. Ese acuerdo duró una semana, pero eso ya es otra historia. Aquel domingo, mientras
comíamos mi abuelo contó una fantástica historia sobre un vecino de San Vicente que
bajaba a la villa en su coche y se encontró en medio de la carretera con una chica
completamente desnuda que le hacía señas de que se paraba. En cuanto lo hizo la chica se
metió en el coche y comenzó a gritarle de que se fueran de allí. El vecino de San
Vicente llevó a la chica a la casa de socorro. Era evidente que algo extraño le
sucedía. Se armó tal revuelo que el médico tuvo que llamar a la Guardia Civil para
desalojar la consulta que se le había llenado de hombres interesados en saber que había
pasado y en consolar a la chica. Mi abuelo contó que esa joven debía haber sido presa de
algún extraño fenómeno porque repetía una y otra vez no se sabe qué de unas vacas que
la miraban, algo que según los testigos era natural ante la desnudez que presentaba.
"Yo también hubiera mirado" dicen que dijo uno de los presentes. También dijo
que no se acordaba de nada más. Mi hermano menor se empezó a desternillar. Mi padre que
algo se olía me pregunto si yo sabia algo de aquello "¿Yo, que voy a saber yo de
eso?" alegué en mi defensa mientras me comía la sopa . "Estás colorado y
sudando" insistió mi padre. "Es la sopa, que está un poco picante"
contesté. ¡¡¡Y una mierda la sopa picante, lo que pasaba que estaba hirviendo!!!!.
"¿Picante el gazpacho?" preguntó extrañada mi madre. En fin... Cuando se
comenzaron a conocer más detalles solo transcendió que un joven de la localidad se
quedó para hacer frente a los feroces rumiantes, protegiendo caballerosamente la retirada
de la asustada, delicada, hermosa, impresionable/ante y desnuda joven. Nunca se supo nada
de él. Una de las cosas que nunca se aclararon fue como llegaron varías prendas de ropa
femenina de diseño muy moderno y juvenil hasta dentro del coche del cura del pueblo. Nada
sospechoso debido a su avanzada edad. La razón hay que buscarla en que era muy de noche y
el capullo de Luisón se confundió con el coche. Lo que nunca apareció fue el sujetador.
O al menos eso era lo que podía deducirse de la relación de prendas halladas en el
vehículo del párroco. Se supone que lo comieron las vacas ¡¡¡ o Luisón!!!....
Ah, se me olvidaba, desde entonces no me hacen
así como mucha gracia las vacas y otros bichos. Y otra cosa más, Luisón, empezó a
preguntarles a todas las chicas que conocía si tenían miedo a las vacas. ¿Porqué lo
haría? Ahora vive en Madrid y sigue usando eficazmente las manos.
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