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¿Alguno de vosotros se acuerda de la
primera vez?, Si, de la primera vez que lo hicisteis. Seguro que si, que
como a mi os ha quedado un recuerdo imborrable. A mí de momento me ha
quedado una pequeña cicatriz en la parte de la espalda donde esta pierde su
casto nombre, que se usa para sentarse y que es más comúnmente conocida como
culo.
Esto de la primera vez sigue un protocolo, un
orden más o menos predeterminado. Se empieza por el beso más o menos casto y más o
menos mal/bien intencionado y se acaba por el más lujurioso de los coitos. Pero eso solo
en el mejor de los casos.
El primer beso suele ser fugaz. Pero fugaz fugaz.
Fugaz en todos los sentidos, visto y no visto. Tanto que a veces ni enteras. El lugar, uno
cualquiera, normalmente apartado pero casi siempre el mismo, generación tras generación.
Esa es era de las razones por las que nos solían pillar siempre. El primer beso no
acababa muchas veces en un cabezazo por pura cuestión de azar. El acercamiento era
rápido, el alejamiento también. Con los ojos bien abiertos, si los cerrabas te dabas de
morros. El beso a veces, era tan leve que ni sonaba. Otras veces sonaba demasiado,
trompetero por llamarlo de alguna manera. A veces sonaba tanto que todo el mundo miraba.
Otras uno de los dos se volvía atrás y el otro estiraba los labios al aire buscando en
vano, adelantando la cabeza tanto que a veces tenías que dar un paso adelante para no
perder el equilibrio y caerte literalmente de morros. Luego afectaba a los dos un pudoroso
rubor que solía ir acompañado de un incontenible ataque de risa floja. En cuanto tenías
ocasión salías corriendo a contarlo a tu mejor amigo/a que ni se inmutaba ¿Solo eso?
era lo único que te solía decir. Pero eso si, durante unos días te sentías más ligón
del grupo. Bedri ha dado un beso a "nombre de chica" pensabas con expresión
bobalicona. Esos días te ibas a casa más contento que unas castañuelas. Antes de entrar
en casa te mirabas en todos los escaparates no fuese a ser que se notase. Te sentabas a
cenar y tenias la impresión de que todo el mundo te miraba.
Luego venía el beso en la boca. Ese ya era
diferente. Los labios apretados, a veces tanto que se quedaban blancos. Los ojos muy
abiertos. Eran también besos rápidos, apresurados, robados algunas veces. También
pudiera ser que te dieras un cabezazo. Este no sonaba nada, bueno el beso que cuando te
dabas de morros si que sonaba. Al retirarte también te daba la risa floja pero más
disimulada. Volvías a salir pitando a contarlo. A tu amigo/a le seguía pareciendo muy
poca cosa pero tu te seguías yendo a casa como unas castañetas que es como algunos
turistas llaman a las castañuelas. Antes de entrar en casa te restregabas bien los morros
no fuese a notarse algo. En la mesa, a la hora de cenar todo el mundo te miraba.
Los que ya eran más espectaculares y un avance
extraordinario en la experiencia sexual eran los besos con lengua. Manoseos aparte, que
los podía haber en los otros besos, en estos lo que había era mucha saliva. Bueno y
también otras cosas. Una de las primeras cuestiones que aprendí del beso con lengua era
la razón por la que se le llama también de tornillo aunque quizás hubiera sido más
correcto llamarle de taladro. También recuerdo haberme casi asustado más de una vez al
ver tan cerca de mí el ojo de ella. Sobre todo con el de una morena de ojo inmensamente
grande y verde, muy verde, muy grande. No, no es que ella solo tuviese un ojo, pero es que
a esa distancia solo veía uno. Bueno, si te pones bizco ves los dos, pero muy borrosos y
al fin y al cabo no es esa tu intención. Ver los ojos digo. Ah, se me olvidaban los
ruidos que se oyen, los jadeos no son exactamente consecuencia de la pasión del momento,
sino de las dificultades para respirar o tragar. En cuanto dejabas a la chica salías
volando a contárselo a tu amigo/a. Tu seguías con la sonrisa de oreja a oreja y con la
mirada ida aunque a él/la parecieran no darle ninguna importancia. Te parabas delante del
escaparate de la tienda de al lado del portal de tu casa para comprobar que no se te
notaba nada. La dependienta te miraba con cara de asombro y cuando te ibas se partía de
risa. En la cena seguías teniendo la impresión de que todo el mundo te miraba.
Ahora recuerdo un beso de esos, creo que ya
mencioné algo sobre él. Fue en la iglesia, bueno, exactamente en los soportales. Es que
eran muy apañaditos para estas cosas. Oscuros, discretos, apartados, con varias salidas.
Pues eso, ya que pasábamos por allí pues que entramos. Buscamos un lugar apropiado, no
éramos los únicos. Que esa es una constante en el sexo furtivo, todos vamos a los mismos
sitios, al mismo tiempo, a hacer lo mismo. Ella se apoyó de espalda contra una pilastra,
yo me acerqué. Ella sujetó mi cabeza con sus manos y la atrajo hacía sí. Juntamos
nuestras bocas, mis manos buscaron en sus caderas. Más exactamente en la parte de atrás.
Nuestras lenguas se entrelazaron, la de ella llegó hasta mi epiglotis, casi me ahoga,
hice un esfuerzo y como pude tragué. Algo duro pasó por mi garganta entre un río de
saliva suya y mía. Después de un tiempo cuya duración no podría precisar nos
separamos. Los dos estábamos congestionados, el morreo fue tan intenso que respirábamos
con cierto afán. Nos miramos, ella hizo un gesto, buscando como si echase en falta una
muela. "Mierda, el chicle no se donde lo he puesto" exclamó. "Yo si"
le dije "creo que me lo he tragado". Ella me miró y me espetó con cara de
mosqueada: "Joder tío, podías haber comprado tu ¿no?, que acababa de meterlo en la
boca y no estaba muy masticado". Capté la indirecta y la ocasión siguiente me
llevé un paquete de cheiw, de cinco chicles. Estaban un poco reblandecidos de tanto
tiempo en mi bolsillo. Más a delante eso me pasaría otras veces con otras cosas
distintas a los chicles pero también de goma. Ella se comió tres y yo dos, así
compensamos. Con ella me aficioné a los chicles de menta. Luego nos dedicamos a comer
otras cosas pero yo durante un tiempo tuve que conformarme con los chicles. Aunque
viéndola con aquel afán al mascar el chicle yo no me fiaría mucho.
Ahora que viene a cuento, recuerdo aquella
película tan esperada "¿Por quien doblan las campanas?" basada en la novela
homónima de Ernesto Hemingway. El protagonista era Gary Cooper que interpretaba a un
norteamericano que combatía al lado de los gubernamentales en la guerra civil española
que siguió al golpe de estado del 18 de julio de 1936. Ella era Ingrid Bergman. Claro,
ambos dos, chico y chica acaban enamorándose y en un momento de la historia se quieren
dar un beso, de los cinematográficos en blanco y negro y ella le espeta algo así como:
"¿Qué hago con la nariz?". Y ese fue uno de los grandes enigmas de nuestras
secretas tertulias de preadolescentes. Porque no es por nada, pero algunos inconvenientes
si que planteaba. Sobre todo para aquellos que somos gente con narices. La película
acababa diciendo "doblan por ti". Por cierto ¿qué hiciste tu con la nariz en
tu primer beso?...
En la fase de la mano, ya no se trataba tanto de
morrear como de tocar. La cuestión era llegar con la mano todo lo lejos que fuera
posible; de alcanzar los rincones más apartados y escondidos del cuerpo de la pareja.
Esta fase suele ir también por partes, normalmente coetáneas de las equivalentes en el
beso. Se empieza con roces, como que no quiere la cosa y se acaba encharcado.
El primer punto de roce suele ser el brazo, la
rodilla, luego vas subiendo o bajando pero también centrándote. El culo es uno de los
primeros objetivos. Parece mentira que una cosa tan grande sea tan difícil de tocar. Al
menos eso es lo que te parece en esa época. Ahora si, cuando lo consigues es difícil
soltarte. Es una época en la que te encanta pasear con las manos en los bolsillos
traseros del pantalón de ella. Pasa lo mismo que con las tetas, una vez que te haces a
tocarlas, en cuanto tienes ocasión te aferras a ellas como si en ello te fuera la vida.
Cualquier excusa es buena para poner sobre ellas tus manos. Con razón eso de un par de
carretas llenas de tetas ... ¿o es las tetas como un par de carretas?... lo que sea...
tetas que puedas tocar no las dejes escapar...
Uno de los puntos más complicados de alcanzar
manualmente en esta época de la evolución sexual es ese que se esconde entre los muslos.
Es increíble la dificultad que algunas chicas tienen para poder separar las rodillas.
Cuando lo logras es posible que llegues a creerte todo un experto a juzgar por la
reacción de ella. Se queda quieta, con los ojos entrecerrados, en blanco a veces. Jadea
como si acabase de subir las escaleras corriendo. Juer, si solo le has tocado la costura
del pantalón vaquero, ¿qué pasará cuando le bajes la cremallera?. Yo a veces he
pensado si mis manos estarían frías. ¿Y cuando te "toca" ella? Esa si que es
toda una experiencia... Pero eso si, en cuando puedes... sales pitando a contárselo a tu
amigo/a que para no variar no te hace ni caso. Tu cuando llegas a casa, antes de cenar, te
lavas las manos hasta con lejía si es preciso, que a ti ya te han contado el chiste de
las croquetas de pollo...
Se empieza tocando por encima de la ropa. Luego la
mano aprende a deslizarse por debajo del vestido. Pero advierto, mucho cuidado con las
manos; si están demasiado frías puede que ella de un respingo y tu interpretarlo de
forma incorrecta. Si están demasiado sudorosas la pringaras innecesariamente y causarás
mala impresión. Mucha precaución también con los granos, siempre están en el peor de
los lugares, precisamente ahí donde queremos poner la mano. Mucho ojo también con los
botones, cremalleras y demás cierres. Sobre todo mucho cuidado con tu cremallera, puede
causar algunos muy dolorosos inconvenientes.
Poco a poco vas evolucionando y entras en la fase
del desnudo. En cuanto tienes ocasión no solo besas y tocas, también desnudas. Como ella
se despiste puede acabar completamente desnuda y tu aferrado a sus tetas mientras intentas
desesperadamente tener más manos. Hablando de tetas, parece mentira que el simple cierre
de una prenda tan tonta como el sujetador pueda complicar tanto una relación. Puede
incluso acabar con las más optimistas expectativas a corto plazo. Un cierre
"defectuoso" de sujetador puede complicar hasta limites insospechados una
planeada tarde en lugar adecuado y tranquilo. Coñe, si sabias que ibas a estar sola en
casa toda la tarde y que yo iba a pasar por ahí ¿por qué te pusiste el sujetador más
difícil de quitar que tenias en el cajón? Yo aún recuerdo un tira y afloja de una tarde
memorable, memorable de lo de recordar para no olvidar y no olvidar para no volver a caer
en el mismo error. Otra cosa a tener en cuenta es que este es uno de los momentos en los
que más ordenado se debe ser con la ropa, la de cada uno en un montón o en su defecto,
si os sorprenden, los dos debéis huir por el mismo sitio y en la misma dirección. No os
suceda que os tengáis que ir a casa con un delicado y rosado suéter de angora. Además
de la comprensiva reacción de tus "amigos" tragarás innecesariamente un
montón de pelos que no habías previsto tener cerca de la boca.
Y lo de la boca... digo...todas esas cosas que se
pueden hacer con la boca y que no son precisamente besos...la verdad es que...no es por
nada, pero lo normal es que al principio te de un poco de repelús ...¡¡¡tanto pelo!!!
Y no es por nada, pero a todo el mundo las ostras le dan un poco de yuyu la primera vez
que las come, digo esto por poner un ejemplo. Y en este caso no hay limón. Juer, y cuando
es ella la que ... la verdad, las primeras veces ... tantos dientes... recuerdo ahora a
una chica que .. en fin, nada ... profidén la llamábamos.
Ah, se me olvidaba, a partir de aquí, a vuestro/a
mejor amigo/a ni agua, que no se entere de absolutamente de nada... ni mu... con la
cantidad de buitres que hay por ahí... ahhhh que tiempos aquellos, ahora que viene a
cuento recuerdo una vez que... jo... la pena fue que nos pillaron y tuvimos que salir
corriendo. El inoportuno no nos reconoció, no contaba con encontrarse allí a nadie a
aquellas horas, y menos en aquella función. Menos mal que no le dio por perseguirnos
porque la agachada era su hija... Echamos a correr escaleras arriba y nos quedamos
escondidos entre el tercero y el cuarto. Solo cuando oímos cerrarse la puerta del primero
salimos y cada uno se fue a su casa. Yo al cuarto y ella al primero. Era ya la hora de la
cena y al sentarme, mi padre me recordó la conveniencia de ir por la calle con la
cremallera de la bragueta completamente subida y recalcó eso de completamente. Me puse
colorado, como siempre, y dije la sandez acostumbrada. Era una buena formula para no tener
que dar muchas explicaciones. Esta vez no me miraban a mi. Miraban a mi hermano pequeño,
dos años menor, que literalmente lloraba de risa mientras se sujetaba la barriga y me
miraba completamente congestionado.
Yo insisto, hace falta un manual de instrucciones.
Para nosotros pero también para vosotras. Porque ya que se menciona lo de manual, no es
el primero que acaba casi despellejado al intentar ella algo que podría definirse como
estiramiento del prepucio. Ya, ya se que nadie te lo ha enseñado y que es la primera vez
pero evidentemente no es así. Menos mal que la Naturaleza es sabia. Y sobre todo no
hagáis caso a vuestro/a mejor amigo/a que no va a colmar vuestras aspiraciones de
reconocer vuestros méritos.
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