|
1- La lujuria
especuladora
Un barco petrolero tarda más
de cuatro semanas desde que sale del Golfo Pérsico hasta que llega a Estados
Unidos. En ese tiempo, puede que la carga se haya devaluado tanto que el
dueño del barco se arruine con el trayecto, que haya pagado por el crudo un
precio mayor en el puerto de origen de lo que cobrará cuando llegue a la
refinería. Para evitar este riesgo -en el petróleo y en otros mercados de
materias primas-, se inventaron los contratos de futuros: una fórmula que
consiste en pactar de antemano el precio de venta del pedido para una fecha
determinada. Cuando se cierra el contrato, ni el comprador ha pagado ni el
vendedor ha entregado la mercancía; pero el compromiso es igual de firme.
En aquel momento parecía
una buena idea. El problema vino después, cuando los especuladores se
aprovecharon de este mercado ideal para los trileros, pues se puede vender y
comprar lo que aún no se tiene. Si apuestas con cientos de millones de
dólares en el mercado de futuros a que el petróleo subirá, en efecto, el
petróleo sube y tú ganas; en economía las profecías tienden a cumplirse si
hay dinero suficiente. Los mismos inversores que primero crearon la burbuja
punto com y después la burbuja del ladrillo, consiguieron elevar el precio
del barril de crudo de 40 hasta 140 dólares en solo cuatro años.
Impunemente.
2- La pereza de los
reguladores
Por suerte, la burbuja del
petróleo explotó a mediados de este verano. ¿La razón? Un pequeño cambio en
la regulación de la SEC (el organismo que controla la bolsa estadounidense)
obligó el 14 de julio a los especuladores que estaban jugando a la baja
contra la cotización de los bancos a que respaldasen sus apuestas con
acciones, por lo que tuvieron que sacar su dinero del mercado de futuros del
petróleo para no perderlo en banca. Desde esa medida, que no buscaba atajar
la burbuja petrolífera sino proteger a los bancos de los caníbales, el
precio del crudo no ha dejado de bajar. El 14 de julio, cada barril costaba
144 dólares. El viernes rozó los 60 y sigue cayendo, pese a que la OPEP ha
recortado su producción un 5%. Si basta con un pequeño cambio regulativo,
tan sencillo que ni siquiera se vota en ningún Congreso, para evitar
comportamientos tan dañinos para la economía mundial como la burbuja del
petróleo, ¿por qué tanta pereza a la hora de evitar la especulación?
Han tenido que temblar las
catedrales de Wall Street para que la mayoría de los organismos reguladores,
también la CNMV española, se atreviesen a prohibir determinadas prácticas
especulativas. De momento, estas restricciones son temporales, aunque en el
debate mundial sobre el nuevo capitalismo muchos piden que sean permanentes.
Para ello hace falta un paso previo, tal vez el único que se dé en la
cacareada cumbre del 15 de noviembre: la puesta en marcha de un organismo
supranacional para vigilar la economía globalizada. Alguien con algo más de
prestigio internacional que el FMI.
3- La envidia del paraíso
fiscal
Una cadena es tan débil como
su eslabón más débil. En un mundo donde las fronteras existen para las
personas pero no para el dinero, de poco vale que el G20 se comprometa a
asumir nuevas normas si no aísla a un G40 del que apenas se habla: los 40
países ladrones, los 40 paraísos fiscales. Según la OCDE, en estas cuevas
piratas se esconden de los impuestos entre 5 y 7 billones de dólares, una
cifra que equivale al 13% del PIB mundial. La mitad de las multinacionales
que cotizan en el español Ibex 35 tienen empresas en estos paraísos
fiscales, con lo que eluden pagar impuestos a ese mismo erario público al
que ahora piden ayuda. En los últimos 20 años, el dinero que guardan estos
países se ha multiplicado por seis. Curiosamente, la distancia entre los
sueldos de los altos directivos y los trabajadores ha crecido en ese tiempo
en una proporción similar.
4- La codicia de los
directivos
En 1980, un alto ejecutivo
estadounidense ganaba de media 42 veces más que un trabajador. Hoy gana 364
veces más: en solo un día lo que los demás en todo el año. El problema no es
solo la desigualdad social, que también. Lo más preocupante es que se premie
a los ladrones y a los inútiles. En palabras de la canciller alemana, Angela
Merkel, “comprendo que gane mucho quien hace mucho por su empresa y sus
empleados; pero ¿por qué se debe ahogar en dinero a los incompetentes?”. Es
lo que a veces pasa cuando la retribución del primer ejecutivo está
supeditada al corto plazo de la bolsa y no al largo plazo de la empresa. En
muchas ocasiones (Enron es el ejemplo más sonado pero no el único), los
fuegos artificiales que tanto gustan a los inversores bursátiles van contra
los intereses de la propia compañía. A la larga, la cotización bursátil
también se hunde. Pero suele ser después de que el alto directivo haya
vendido sus stock options.
5- La gula de los
inversores
Lo que es bueno para el
directivo no es bueno para su empresa. Lo que es bueno para el especulador
del petróleo no es bueno para la economía mundial. Lo que es bueno para el
vendedor de hipotecas subprime no es bueno para el banco que presta el
dinero. En todos los fallos del capitalismo que ahora han aflorado hay un
elemento común: una distorsión perversa en el sistema de recompensas donde
no se premia al que genera riqueza sino al que la destruye.
El capitalismo ha funcionado
sobre una premisa que suele ser cierta: del egoísmo individual se obtiene un
progreso colectivo. La ambición de los empresarios también es buena para los
trabajadores, pues todos ganan aunque sea en menor medida. Sin embargo, el
castillo de naipes se hunde cuando se premia al pirómano, cuando la
recompensa del que da préstamos hipotecarios a gente sin trabajo no está
supeditada a que esas hipotecas se paguen sino a vender todas las posibles
-su comisión iba en ello-. Lo mismo sucedía en el siguiente nivel, donde el
que respaldaba estas hipotecas subprime tenía como negocio agruparlas con
otras miles y venderlas en el mercado. Que se cobrasen o no tampoco era su
problema. Tampoco era problema de las agencias de calificación, que
estuvieron garantizando la salud del sistema hasta dos minutos antes del
hundimiento; por algo cobraban de los mismos bancos a los que avalaban. No
era problema de nadie y ha acabado siendo problema de todos.
Aunque las subprime es el
pastel más famoso, no es el único tóxico que ha engullido el mercado en
estos últimos años de dinero fácil y hambre financiera voraz. El capital se
empachó porque no sabía qué comía: el mercado de derivados consistía en
vender paté de cerdo como si fuese foie gras de oca; cuestión de una bonita
etiqueta. Funcionó bastante bien hasta que a alguien se le ocurrió mirar qué
había dentro de la lata.
6- La ira del planeta
Dice José María Aznar, y no
es el único inconsciente, que ahora que los bancos van mal no hay dinero
para salvar el planeta. La realidad es la contraria, pues detrás de uno de
los fenómenos más preocupantes de la economía están precisamente los
desastres generados por el cambio climático en la agricultura mundial. La
crisis alimentaria es un problema económico en su realidad más cruda, pues
aquí no se pierden ahorros sino vidas humanas. La lucha contra la
contaminación es, en realidad, el mejor ejemplo de los males del
capitalismo: solo se soluciona con regulación estatal, hace falta
coordinación internacional, sus beneficios son indudables y, en resumen,
nunca lo abordarán aquellos que solo piensan a corto plazo, aunque sea la
inversión más rentable, con diferencia. ¿Hay acaso alguna mejor que salvar
el planeta?
7- La soberbia del PIB
¿Un país más rico es un país
mejor? No siempre. Según los datos del PIB, México está a punto de superar a
España. ¿Es un país como México, donde hay familias que pierden su casa
porque no pueden pagar las letras de una licuadora, un país mejor que
España? México también es el país desarrollado donde mayor es la brecha
entre ricos y pobres, según el último informe de la OCDE que se presentó
hace unos días. Por desgracia, la desigualdad, la educación o la sanidad no
cuentan con indicadores tan precisos como la inflación, el paro o el PIB.
Los datos económicos son difíciles de esconder. Sin embargo, los indicadores
de desarrollo humano no son homogéneos ni sistemáticos, los políticos pueden
apostar a que, con una buena campaña publicitaria, hasta la sanidad pública
más deteriorada pasará por buena.
Una vez más, es un problema
de recompensas. Lo que es bueno para el PIB no siempre es bueno para la
sociedad, de poco sirve que aumente la riqueza si solo se benefician de ello
los que ya son ricos, los mismos que nunca lo pasarán verdaderamente mal por
mucho que se agrave la situación económica. En España, por ejemplo, la
crisis va por barrios. Esta semana abrirá en la milla de oro de Madrid la
exclusiva joyería neoyorquina Tiffany’s. Los hay que siempre desayunarán con
diamantes.
|