Unos días
más tarde, en plena vorágine de las rebajas dejé a mi familia en las tiendas y me fui a
tomar algo a un café. Me senté en una de las mesas situadas al lado del la gran luna de
la cafetería y pedí un expresso. Acababan de servírmelo cuando, de repente, una mujer
se sentó presurosa frente a mi. Era ella, Mercedes, la mujer de la otra noche.
-Hola ¿tienes un minuto?.
-Claro que si, dime.
-Es por lo de la otra noche, que mantengo el ofrecimiento, que puedes
hacerme lo que quieras a cambio de que no digas nada, susurró mientras se inclinaba hacia
delante para no tener que elevar la voz por encima de lo prudente.
-Tranquila, no te tienes que preocupar por eso, nadie va a saber nada por
boca mía.
-¿Es que no te gusto?
-No, no es eso, es que sencillamente no veo apropiado aprovecharme de ti en
esa situación, sería como hacerte chantaje y eso no me gusta.
-Muchas gracias pero me quedaría más tranquila te acostaras conmigo es
como si así me garantizaras el secreto.
-No te preocupes, nadie me creería aunque nos acostemos y luego lo cuente.
Se rió con franqueza ante mi respuesta y se levantó para irse.
Justo antes de arrancar me miró y dijo:
- Cuando quieras,
si quieres ... ya sabes.
Sonrió con cierta complicidad y se fue. La observe pensativo mientras se
alejaba y me quedé
solo, con mi café y mis pensamientos, no
esperaba volver a verla y mucho menos que continuara con aquella cuestión.
Poco después llegó mi mujer y al cambiar el tema de la conversación se me
olvidó la fugaz visita de Mercedes.
No había pasado una semana cuando Isabel, una compañera de trabajo
y amiga de Mercedes se me presentó en el despacho y aprovechando que estábamos solos me
espetó: -¿Qué tal con Merchitas?.
Me quede sin saber que contestar porque no sabía de quien me hablaba.
-Vamos a ver una cosa ¿No te follaste a Merchitas en el garaje? Dijo seria
con cara de pocos amigos.
Eso fue la puntilla, una fugaz asociación de ideas me llevó a recordar
aquella noche y a Mercedes. No sabía que le llamasen Merchitas. Completamente desarbolado
contesté inocentemente:
- Yo no se nada, coincidió solo que pasé por allí.
Esa simple frase provocó el cambio de cara de Isabel.
-¡Vaya! Entonces tú sabes algo,
dijo con expresión casi triunfante.
-No, yo no se nada. Insistí disimulando como pude.
Durante unos minutos hubo un intercambio de preguntas, respuestas y
negaciones que finalizaron cuando Isabel dijo que me convenía decirle lo que yo sabía
porque se comentaba en el barrio que Merchitas tenía un lío y que podría ser yo. Me
explicó que, desde hacía algún tiempo, el marido de Mercedes tenía algunas sospechas
acerca de su mujer y que se lo había comentado a Carlos que además de ser su íntimo
amigo está casado con Isabel. Que la habían visto salir varias veces de la calle donde
está garaje de mi edificio y una vez de mi portal, siempre de noche. Además, la habían
visto tomando un café conmigo. Como parecía que ella sabía más que yo le conté lo que
había pasado pero sin mencionar la propuesta de Mercedes de acostarme con ella si
guardaba el secreto. Isabel es también amiga de mi mujer de los tiempos del instituto
así que me prometió echarme un capote si se me llegaba a relacionar más directamente
con aquel asunto. Isabel me contó también algunas otras cosas sobre Mercedes que sin
venir a cuento narrarlas ahora si tendrán su relación con lo que luego sucedería.
Finalmente acordamos mantenernos informados de todo aquello que tuviera relación con los
presuntos amoríos de Mercedes.
Visitas como aquella se repitieron varias veces a lo largo de las semanas y
meses siguientes. Y gracias a ellas pude enterarme de algunas cosas. Isabel
me contó que entre algunas personas amigas de Mercedes habían logrado cesar
aquella relación. También tuve acceso a una serie de informaciones e incluso
algunos documentos que me permitieron conocer bastante a fondo todo aquel
asunto.
Parece ser que el otro era un compañero de trabajo de Merchitas y
que todo había empezado en una cena de la empresa. Ella había bebido un poco, lo justo
para desinhibirse y ambos habían acabado en el coche de él haciendo el amor. Ella
además de ser muy atractiva es sexualmente muy activa y parece ser que el polvo fue de
los memorables y ambos quedaron en repetirlo pero en una cama.
Una tarde del mes siguiente a esto fueron juntos a un hotel distante
algunos kilómetros donde mantuvieron un encuentro sexual que duró toda la tarde. Según
confesó luego Merchitas fue antológico. Cuando salió de la habitación ella lo hizo
satisfecha y pensando que no se repetiría.
Una vez al mes, ella y el hombre se tenían que quedar hasta tarde en
el trabajo para hacer un arqueo. Normalmente se quedaban solos en la oficina con el
vigilante de seguridad y a veces con el jefe. Estaban trabajando, una de esas noches,
cuando el se levantó, cerró la puerta, se puso detrás de ella, se le acercó y le
comenzó a manosear los pechos masajeándoselos y apretándoselos. Ella se reclinó sobre
el respaldo de su sillón y se dejó hacer. El giró la silla colocando a Mercedes
de frente al tiempo que volvía a masajearle las tetas y los muslos que ella dejó abrir.
El caso es que la desnudó completamente y acabaron haciendo el amor sobre la mesa del
despacho. Cuando se vestían, ella le dijo que no era bueno seguir con aquello y mucho
menos en el trabajo.
Durante todo el mes no sucedió nada reseñable más que algunos guiños que el
le dedicaba cuando se cruzaban a solas. Cuando llegó el siguiente arqueo, al
salir a la calle el le propuso llevarla. Ella aceptó pero advirtiéndole que
no harían el amor que no le apetecía mantener ninguna relación. El protestó
y le propuso una despedida que tendría ser especial. A ella no le
desagradaba algo así por lo que aceptó quedando que él buscaría el sitio y
que ella procuraría disponer de todo el tiempo necesario, incluso toda una
noche. |