-Ya está la comida.
Ella abrió los ojos y sintió pereza por
levantarse. Por un lado el grato recuerdo de la rápida paja que se acababa de hacer y la
igualmente agradable sensación del sol en su cuerpo desnudo la retenían allí. Aún así
se levantó y se dirigió a donde estaba su ropa.
-No te vistas, quédate mejor así.
-Son solo las bragas, me lavo y me las pongo.
Me da no se que sentarme desnuda en esas sillas.
Recogió la pequeña prenda y se fue hasta el
baño. Se sentó en el bidet y se lavó con detenimiento casi exhaustivamente. Cada vez
que se tocaba el clítoris un relámpago recorría su vientre y sentía humedecérsele el
interior del coño.
Salió del baño vestida solo con aquella
escueta prenda que no le cubría completamente el negro vello que se desparramaba fuera
del pequeño y transparente triángulo de gasa. Ella notó la mirada del hombre en ese
lugar y lamentó no haberse depilado al menos la línea del bikini aunque lo cierto es que
no había pensado en que esto pudiera pasar cuando se vestía aquella mañana pero ya era
demasiado tarde. Se cubrió con una mano y se acercó rápidamente a la mesa.
Comieron de varios platos precocinados y
ensaladas mientras conversaban de la casa, de la terraza, de tomar el sol desnudos,. Ella
le confesó que había sido su primera vez y que la ocasión que más se había atrevido
no había pasado de quitarse la parte superior del bikini para ponerse boca abajo. Él la
animaba a repetirlo entre bromas, piropos, comentarios y alusiones a sus tetas, su culo
pero especialmente a los pelos que se le escapaban de la braguita. Ella se reía bajo los
efectos del vino que nunca faltaba en su copa pero también porque se excitaba ante
aquellos comentarios.
Al acabar de comer le pidió que se quedara
sentada mientras preparaba el postre. Recogió los servicios y los restos de comida,
limpió la mesa y cambió el mantel con Merchitas observándole mientras seguía tomando
sorbitos del fresco y burbujeante vino rosado que había acompañado la comida y que tanto
la estaba desinhibiendo.
El hombre apareció empujando un carrito de
servicio con dos fuentes de plata cubiertas por sendas tapas. En el estante de debajo iban
dos almohadones. Llegó junto a la mesa, cogió los almohadones y los colocó sobre la
mesa, separados entre si unos palmos. Se dirigió a Merchitas y sin decirle palabra le
quitó la copa de la mano que colocó sobre el carrito. Giró un poco una de las sillas,
tomó elegantemente y con delicadeza la mano de ella y la hizo descalzarse y subirse a la
silla, de allí a la mesa indicándole con un gesto que se tumbara. Ella lo hizo un poco
torpemente porque el vino hacía cada vez más su efecto embriagante así que el la ayudó
colocándole los cojines uno bajo los hombros de forma que la cabeza caía un poco hacía
atrás y el otro bajo la cadera levantándosela. Luego y con igual delicadeza le comenzó
a retirar las mínimas braguitas lo que hizo con una lentitud desesperante y afectado
gesto. La colocó otra vez poniéndole los brazos a lo largo del cuerpo y se agachó para
susurrarle al oído que no se moviera. Luego se volvió hacia el carrito y levantó una de
las fuentes de la que extrajo algo que ella no pudo ver.
Ella dio un respingo al sentir el ruido y al
tiempo una fría y húmeda sensación sobre los pechos. Ella miró sin mover apenas la
cabeza y voy como con un spray de nata iba haciendo adornos sobre su cuerpo. Le hizo
círculos en torno a los pechos, de las aureolas, puso un poco encima de cada pezón.
Sobre el vientre le hizo un largo cordón que acabó en el coño donde dejó una buena
cantidad de nata. Cuando acabó, se retiró un paso, miró a la mujer, volvió a
adelantarse y le puso un poco de la nata en la bota, se lo quitó de un beso y dijo:
- Señor, el postre está servido.
Poco a poco y como antes con el champán, le
fue comiendo la nata, primero de los pechos, luego siguió el camino marcado hasta el
coño donde con detenimiento le quitó hasta la ultima gota de la nata escondida hasta en
el más recóndito de los pliegues de aquellos labios. Ella se dejaba hacer mientras se
excitaba cada vez más. Cuando le llegó al clítoris ya estaba a punto de alcanzar el
orgasmo que intentó retener el máximo posible pero incapaz de lograrlo provocó la
mezcla del sabor entre ácido y salado de sus abundantes fluidos vaginales con el dulce de
la nata.
Luego la hizo bajarse de la mesa y arrodillarse
sobre uno de los cojines. Se dio la vuelta y se puso una buena dosis de nata sobre el pene
tras lo cual dijo con tono ceremonioso:
-Señora, el postre está servido.
Ella disciplinada y totalmente desinhibida
comenzó la felación primero con suavidad pero pronto el tomó el mando y cogiéndola por
la cabeza comenzó a marcar el ritmo que solo cesaba cuando se la sacaba para ponerse otro
poco de nata. A veces la penetración era tan profunda que le daban ligeras arcadas así
que para frenar los movimientos del hombre hizo presión con los labios y la lengua sobre
el miembro del hombre lo que le aumentó el placer pero a ella le hizo tensar el cuerpo en
busca de liberar su garganta. De pronto se puso tenso y sujetó la cabeza de Merchitas al
tiempo que empujaba con su cadera dentro de la boca de la mujer. Se corrió dentro su
boca, casi en su garganta.
Se retiró mientras ella tosía y sufría
arcadas. Sin más se fue al baño donde se lavó. Se la encontró en la puerta aún
descompuesta y con el rimel corrido en torno a los ojos.
Lávate que nos vamos a la cama a
hacernos una siesta.
Ella entró en el baño, se lavó la cara y
usó un colutorio que encontró para enjuagarse la garganta. Luego se sentó en el bidet y
se lavó otra vez entre las piernas. Mientras lo hacía pensaba que no esperaba una
situación tan desagradable como la que acababa de sufrir y que deseaba que lo que le
quedaba de día fuera tan placentero como había sido en otras ocasiones. Se hizo el
propósito de disfrutar como nunca y no dejar que fuera él quien tomara la iniciativa.
Aún notaba la desinhibición producida por el vino que había tomado.
Salió del baño totalmente desnuda, sin
ponerse las braguitas que había llevado en la mano. Esta vez no se sintió incómoda por
las miradas del hombre dirigidas a su coño. Se acostó al lado del hombre y se acurrucó,
pronto quedarían dormidos en la media oscuridad del dormitorio. |