Hacía tiempo que no la veía. Se había sometido a una operación quirúrgica y
se había ido de la ciudad durante algún tiempo. No habíamos hablado desde
hacía tiempo y me apetecía verla. No contestaba a las llamadas del teléfono
móvil que tenia siempre apagado. Sin embargo, sabía donde era fácil que la
encontrase. Sabía que tenía una casita en la costa, cerca de una playa que
le gustaba, la misma de la que habíamos hablado muchas veces.
Aproveché que me encontraba en aquel
área para darme prisa y desviándome unos pocos kilómetros acercarme hasta aquella
playa. Al llegar al sitio donde se dejaban los coches ví el suyo discretamente aparcado
junto a un seto. Aquello era tener suerte porque aquel día de mediados de la primavera no
era el más indicado para ir a la playa. Pese al sol, el relativo calor y el cielo azul,
lo poco avanzado de la estación no hacían muy apetecible un día de playa.
Para acceder a la playa había que
descender por un sendero que descendía por el acantilado aprovechando el cauce de un
riachuelo que bajaba en pequeñas cascadas hasta la playa que cruzaba antes de unirse al
mar. Este sendero formaba varias revueltas que permitían ver la playa en casi toda su
extensión. Esa visión solo se veía entorpecida en algunos sitios por la vegetación que
crecía en las orillas del regato.
Al comenzar a bajar me procuré comprobar
si la veía en la playa. Su coche estaba aparcado arriba pero sin embargo no se veía a
nadie en la playa. A medio camino me detuve en un recodo del camino al que daba sombra un
arbolito de copa muy tupida y escruté la playa.
Iba a girarme para regresar, pensando que
quizás estuviera dando un paseo por el borde superior del acantilado cuando un movimiento
en la playa me llamó la atención. Una espalda surgía desde detrás de una gran roca al
fondo del arenal. Deseé que fuera su espalda. Una mujer se levantaba y comenzaba a
caminar hacía el borde del agua. Instintivamente me coloqué detrás del delgado tronco
del arbolito. La mujer levantó la vista hacia el camino pero no pareció darse cuenta de
mi presencia allí arriba. Quizás la sombra que proporcionaba la densa copa me ocultaba a
su vista. Era ella. Su inconfundible forma de andar, su pelo negro, largo y rizado, el
color de la piel, la forma del cuerpo eran los de ella.
La observé mientras caminaba lentamente,
con su peculiar y personal forma de hacerlo, dejándose alcanzar por las olas que rompían
en la orilla. Levantaba graciosamente los píes cada vez que el agua se los mojaba.
Llevaba las manos a la espalda mientras caminaba con la vista puesta en la arena. Llegó
hasta el otro extremo de la playa y se sentó sobre una roca a la que el sol daba de
pleno. Apoyó las nalgas sobre la roca, estiró hacia delante las piernas, dejó ir hacia
atrás el tronco y se apoyó sobre las palmas de las manos mientras los firmes pezones
apuntaban al límpido cielo que la contemplaba. Estuvo así unos minutos, dejándose
acariciar por el sol y por la ligera brisa del mar. Lentamente enderezo el cuerpo al
tiempo que se estiraba. Levantó los brazos sobre su cabeza y los elevó al cielo mientras
extendía todos los dedos como si quisiera engancharlos en el azul. Con la misma
indolencia bajó los brazos haciendo que se abrazasen al cuerpo desnudo. Se abrazó a si
misma y dejó caer hacía atrás su cabeza mientras sus manos acariciaban suavemente su
vientre y los marcados huesos de su cadera. Sus manos comenzaron a acelerarse mientras
subían y bajaban entre sus pechos, descendían bajo su vientre y se encogía de hombros
como si quisiera abrazarse a si misma. Levantó la cabeza, irguió los hombros, detuvo sus
manos y sus brazos se apretaron contra su vientre. Estuvo así unos segundos y luego, con
un gesto delicado levantó otra vez sus manos al cielo y las dejó caer suavemente sobre
su cabellos, entretejió sus dedos entre sus rizos y extendió su pelo al sol durante unos
breves momentos.
Luego se levantó de la roca, se dio unos
suaves cachetes en las nalgas para retirar algunos granos de arena y trocitos de algas
secas y así, con las manos sobre el culo, como sujetando las nalgas se dirigió a la
orilla. Entró en el agua y se detuvo a un par de metros esperando la primera ola que
rompió contra sus piernas levantado algunas gotas de agua. Siguió avanzando lentamente y
una segunda ola rompió contra sus rodillas salpicándola y haciéndola girar la cara. Dio
un par de pasos más y levantó los brazos para recibir una ola que esta vez rompió sobre
su cadera levantando una hermosa lluvia de frescas gotas de agua que abrazó su cuerpo. La
siguiente ola la evitó zambuyéndose bajo ella. Salió un par de metros más allá. Se
puso de píe para con las manos retirarse el agua de la cara. Echó el pelo hacia atrás
con las manos, estaba brillante y caía por su espalda dejando al descubierto todo su
rostro, otras muchas veces oculto por aquellos rizos.
Dio un saltito para evitar una nueva ola
y a la siguiente se dejó ir de espaldas para girarse y dar unas brazadas que la alejaron
unos metros de la orilla. Extrañamente el mar aquel día estaba sorprendentemente en
calma. El agua era de transparencia caribeña.
Desde mi posición pude ver como nadaba.
El agua absolutamente transparente no solo permitía ver su hermoso cuerpo si no que
además, la hacia parecer flotando en el aire, como si ingrávida se moviera por el
vacío.
Todo su cuerpo se ofrecía a mis ojos y
pese la distancia pude notar su duros pezones apretarse por el efecto del frío. Pude
verlos señalando al cielo mientras flotaba boca arriba. Pude complacerme con la
observación de aquel cuerpo que indolentemente se dejaba mecer boca arriba por las breves
olas. Pude ver su culo, sus apetitosas nalgas mientras nadando lentamente daba la espalda
a la orilla. Fueron solo unos breves minutos pero me encantó. No es que me hubiera vuelto
un mirón, un voyeur que resulta menos duro de decir, es que aquel cuerpo me atraía con
intensidad. Me gustaba verla desnuda, siempre me gustó, desde el primero de los días.
Me encantó verla salir del mar. Me
encantó verla caminar levantando las rodillas para evitar las olas. Me encantó mientras
con las manos escurría el agua de su pelo. Me encantó verla cada vez más cerca. Me
encantó verla desnuda, de frente, con sus piel morena, sus forma amables y acogedoras, su
vientre, su pubis tan poblado, sus muslos. Me encantó, parecía una sirena, de esas que
atrapan a los marinos y nunca los dejan volver.
Se volvió y se sentó en la arena.
Juntó las piernas levantado las rodillas y abrazándolas se encorvó hacia delante. Me
quedé mirándola, contemplando su espalda, las formas que su cuerpo ofrecía. Así
estuvimos los dos un rato, ella mirando el mar y yo mirándola a ella. Luego se levantó y
comenzó a caminar dirigiéndose al sitió de donde había surgido la primera vez. Yo
dudé que hacer pero me dejé llevar y me levanté, seguí bajando hasta llegar a la
arena, di un salto para cruzar el riachuelo y fui hasta la roca tras la que ella estaba.
Dije un hola un poco tímido y su cabeza
apareció casi temerosa de detrás de aquella roca. Su expresión era una mezcla de
sorpresa, desconcierto y alegría. hola, le repetí. De un salto se puso de píe y
se me acercó, quisimos abrazarnos pero ella al darse cuenta que estaba mojada retrocedió
un paso y acabamos besándonos en las mejillas mientras estirábamos hacia delante
nuestras respectivas cabezas.
Me eché hacia detrás y descaradamente
contemplé su cuerpo. Estás muy bien, le dije. Ella rió alegre y dio una vuelta en
redondo, lentamente, extendiendo sus brazos hacia los lados. Su culo es espléndido. Me
acerqué a ella y con suavidad le limpié con la mano unos casi imaginarios granos de
arena de su pecho. Ella sonreía abiertamente y parecía estar contenta de verme. Yo
seguía encantado. Me preguntó si había traído traje de baño y al decirle que no me
preguntó el porqué estaba allí. Yo le conteste que había ido a verla. Como aquella era
una playa nudista acabamos ambos desnudos, tomando el sol mientras charlábamos de las
cosas que nos habían pasado aquellas semanas. Compartíamos toalla, yo apoyado en el lado
izquierdo del cuerpo, ella tumbada boca abajo, ocultos del resto de la playa y protegidos
de la brisa por una gran roca. Yo le acariciaba la espalda mientras hablábamos, dejaba
que mis dedos recorrieran su columna, que rozaran sus nalgas, que jugaran con su piel.
Estabamos muy juntos y sentía el calor de su cuerpo. Era una sensación muy
agradable puesto que no era un día excesivamente caluroso. Ella se volvió y
se tumbó sobre la espalda. Mis manos comenzaron a recorrer su vientre, a
esquivar sus pechos, a rodear sus pezones, a enredarse en el vello del
pubis. – Este no es buen sitio, dijo con un mohín de los labios. – Además,
he de finalizar mis ejercicios, si no tienes nada que hacer podíamos comer
juntos en mi casa, propuso. Acepté de inmediato y le di un beso en sus
entreabiertos labios.
Se levantó de la toalla y comenzó a
realizar varios ejercicios de estiramiento, hizo girar su cintura varias veces. Flexionó
su cuerpo despacio, doblando su espalda. Estiró sus piernas, los brazos, el cuerpo
entero. Sus pechos se movían al compás de sus movimientos, se levantaban, se dejaban ir,
saltaban, subían y bajaban al ritmo de la respiración. Cuando giraba la cintura los
pechos acompañaban el movimiento continuando un poco más, produciendo un excitante
efecto. Parecía que los pezones quisieran continuar el movimiento más allá. Sus nalgas
se estremecían a cada paso, a cada gesto. El vientre se estiraba y encogía según el
ejercicio. Se sentó en la arena y separó las piernas estirándolas. Su sexo se ofreció
entonces a mi vista. El espeso vello solo era un estímulo a la mirada que buscaba aquella
parte de su anatomía tan increíblemente excitante.
Se tumbó de espalda y continuó con sus
ejercicios que consistían en pequeñas flexiones seguidas de estiramientos. Giró varias
veces sobre si por lo que pronto todo su cuerpo estaba rebozado con aquella arena de color
dorado, más clara que su piel.
Cuando finalizó, ligeramente sudorosa y
con la piel cubierta de arena, con una breve carrera se dirigió al agua, los pechos se
movían de lado a lado en una danza excitante. Se zambulló, dio unas pocas brazadas, se
sumergió por completo y regresó a la orilla. Ahora si que estaba magnifica, la corta
distancia facilitó una mejor contemplación de su cuerpo. El agua formaba gotitas sobre
su cuerpo y algunos regueritos de esta agua descendían por su cuerpo hasta caer al suelo.
Una gota atrevida colgaba de uno de sus enhiestos pezones. Por entre los pechos bajaba un
refrescante arroyo. Otras gotas se aferraban al breve hueco de su ombligo antes de
continuar por el vientre camino de su pubis, empapándoselo y después cayendo al suelo
con un osado chorrito desde un mechón de aquel negro vello. Otras gotas se descolgaban
desde los labios de su amable vulva.
Sentado sobre una roca la observé, casi
con minuciosidad, mientras se secaba sin prisa. Empezó por el pelo y luego se secó los
hombros. Los pechos se dejaron acariciar por la toalla que tropezaba con los pezones
duros. Pasó con delicadeza la toalla bajo el pliegue que los senos formaban al apoyarse
brevemente sobre el pecho. Los pezones se engancharon en la toalla moviéndose temblorosos
cuando regresaron a su postura natural. Al secarse la espalda adelanto sus atractivas
tetas que se elevaron y se movieron graciosamente hacia los lados. Los pezones seguían
apuntando al cielo. Secó el abdomen con movimientos circulares y cuando llegó a las
ingles se detuvo para mirarme y sonrió. Se secó el sexo con detenimiento separando los
muslos para acceder mejor y supongo que para mostrarme aquellos hermosos labios. Acabó de
secarse, dejó caer la toalla sobre la arena, se me acercó y me dio un beso suave en la
boca. Me acabo de vestir y nos vamos, dijo mientras se volvía y buscaba con la
espalda doblada en el interior de una bolsa de playa de color verde. Al hacer esto su culo
quedó a la altura de mis ojos, muy moreno, con la piel ligeramente erizada por la
sensación de frió. El breve espacio entre sus muslos dejaba ver su sexo cubierto de
vello en medio de la que aparecían los carnosos pliegues de aquellos labios tan deseados.
Se levantó y comenzó a vestirse. Se
puso una breve camisetita con tirantes de color azul claro, como gastado. Le quedaba
amplia, la tela era muy ligera, los tirantes eran finos y al agacharse otra vez para coger
más ropa se le salieron los pechos. Se los colocó con un gesto natural y gracioso. Luego
se puso unas braguitas de color blanco que se ajustaban a sus formas y transparentaban
ligeramente el vello sin depilar dejando ver una notoria mancha oscuro tras la tela.
Después se puso una falda de flores, de tela muy ligera, larga hasta las rodillas.
Finalmente se calzó unas sandalias de las que se suelen usar en las playas. Recogió la
toalla que metió doblada en la bolsa junto con un neceserito donde guardaba la crema
solar. Cogió la bolsa verde, se volvió hacia y me dijo: -"Nos vamos ya a mi
casa".
Comenzamos a subir el empinado sendero de
salida de la playa. Ella iba delante y la liguera tela de la falda permitía ver sus
formas y otras veces, las ajustadas braguitas blancas dejaban ver las formas de su culo y
de su sexo.
Ella se fue en su coche, yo en el mío.
La seguí hasta su casita, entramos, comimos y luego ... |