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La crianza biológica es un procedimiento de la
vinicultura que se lleva a cabo mediante un velo de
levaduras que crecen en la superficie del vino, cuyo metabolismo
aeróbico ocasiona cambios en la fracción aromática, adquiriendo los vinos
finos sus características peculiares (GARCÍA-MAIQUEZ, 1988; CORTÉS et al.,
1998). Además, el velo de
levaduras protege a estos vinos del pardeamiento o “remontado” por lo
que retienen su característico color pálido durante la crianza (BARÓN et al,
1997).
El velo de flor es una capa de
levaduras, de grosor variable y de color entre blanco y grisáceo, del
grupo saccaromyces. Se conocen más de doscientas especies cuyas
nominaciones y condiciones para formar velo son tan diversas que parece
preferible hablar simplemente de levaduras de flor.
El velo de flor es muy exigente tanto en términos de
necesitar un alto grado de humedad como en cierta constancia de las
temperaturas medias.
Aparte de prevenir el contacto del vino con el oxígeno (a
las botas jerezanas se les deja 1/3 sin llenar cuando se trata de vinos para
crianza biológica), las
levaduras provocan los siguientes fenómenos químicos en el vino:
consumen
glicerina (de ahí el marcado carácter seco de estos vinos), reducen
grandemente la acidez volátil del vino
y, sobre todo, producen grandes cantidades de paraldehidos y acetaldehídos
responsables de los aromas almendrados característicos de estos vinos. La
transformación que ejercen sobre el vino base es notable, habiéndose
encontrado en finos varias decenas de nuevos productos que no se hallaban en
el vino originario. Al mismo tiempo, desaparecen o disminuyen
considerablemente otros componentes como la glicerina, el ácido málico y la
acidez volátil.
Las
botas tienen mayor capacidad y grosor de duelas mientras más cerca
están del suelo para así poder soportar la carga, cada vez más elevada, que
tienen encima. Se llenan hasta las 4/5 partes aproximadamente de su aforo y,
a los pocos días, en las destinadas a crianza biológica comienza a aparecer
sobre la superficie del líquido pequeñas agrupaciones de color blanquecino y
escaso espesor que, por su geometría, recuerdan la forma de una flor.
Lentamente, estas flores irán aumentando de tamaño hasta formar un velo
continuo que cubrirá toda la capa líquida en contacto con el aire. Nada
tiene que ver esta nata con otras de parecida contextura que para desgracia
del vino y de su propietario pueden aparecer en la superficie causando
acetificaciones, pérdidas de
alcohol y otros males.
Vinos elaborado mediante crianza biólogica
El vino destinado a la crianza biológica ha de reunir las mayores
virtudes de calidad y franqueza y debe permanecer, al menos, un año en
depósito antes de pasar a la madera, a la última criadera, por cuyas botas
comenzará su andadura en las bodegas.
Realizan toda su crianza con
levadura de flor (también llamada “velo”), la cual es muy sensible a la
humedad y la temperatura, por lo a veces no todas las zonas de una bodega
pueden elaborar este vino, necesitándose las orientaciones más frescas y
suelos de tierra o albero, que al regarse elevan la humedad. Para que viva
la
levadura se necesita una buena cantidad de aire dentro de la bota en la
que se envejece el vino, por lo que ésta no se llenan totalmente; en estas
condiciones el Fino se mantiene amarillo pajizo, un color de vino joven, a
pesar de criar varios años en madera (las normas de la Denominación de Jerez
exigen un mínimo de 3), debido a que la
levadura de flor impide la acumulación de pigmentos amarillos ámbar y
castaños, típicos de los otros vinos blancos añejos que no envejecen con
crianza biológica. El Fino es un vino de aperitivo, de aroma almendrado
punzante, ligero, cálido, con baja acidez y una
graduación alcohólica entre 15 y 17 grados.
Debe servirse frío, en torno a los 7ºC.
Aunque las viñas del
Jerez estén esparcidas por los nueve términos municipales que vimos
anteriormente, las bodegas de crianza tienen que localizarse en Jerez de la
frontera, El Puerto de Santa María, o Sanlúcar de Barrameda; en esta última
ciudad las
levaduras de flor se producen con mayor vigor, debido fundamentalmente a
la mayor influencia atlántica; mientras que en Jerez o en el Puerto las
levaduras están más activas en primavera y en otoño, llegando a veces a
desaparecer con el frío o el calor intenso, en Sanlúcar el clima es más
homogéneo y la flor actúa con más intensidad sobre el vino. Por ello el Fino
que se cría en esta ciudad tiene un acabado especial, más delicado, sutil y
tiene un color amarillo menos intenso, recibiendo el nombre de Manzanilla.
Aunque circulan diversas teorías sobre el origen del nombre, personalmente
creo que viene del color de este vino, más claro que el Fino y parecido al
de una infusión de manzanilla.
Cuando un Fino pierde la
levadura de flor, continúa una
crianza oxidativa normal
dentro de la bota, y como la crianza biológica ya no le afecta, comienza a
incrementar su tonalidad amarilla, llegando a colores ambarinos. El aroma
también cambia a matices de
avellana. El Amontillado es algo así como un fino “pasado”, no en
vano el vino homólogo en el caso de la Manzanilla se llama “Manzanilla
Pasada”. No deben considerarse vinos inferiores, sino diferentes; tienen una
gran complejidad ya que tuvieron crianza biológica y
oxidativa, son ideales
para beber solos a media tarde, o como aperitivo.
Su temperatura de servicio es de unos 13-14ºC.
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