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El área de
países de la cuenca del mar mediterráneo se reconoce por unas
características basadas en la agricultura, dedicada fundamentalmente al
cultivo de
cereales,
olivos, viñedos,
hortalizas,
verduras y
legumbres, en
la pesca, en la cría de aves de corral y, aunque en menor medida, en la
ganadería.
Los antiguos
griegos ya atribuyeron una gran importancia al régimen de vida, es decir,
al conjunto de hábitos del cuerpo y del alma que constituyen la actividad
vital del hombre.
La dieta
mediterránea se caracteriza principalmente por un consumo elevado de
frutas y
verduras, de
cereales y
legumbres, por un consumo moderado de
pescado, y por la utilización del
aceite de oliva como
lípido principal,
tanto para el aderezo de los alimentos como para freír los mismos.
Asimismo, en la dieta mediterránea predomina el consumo de las aves de
corral frente a otro tipo de aportación cárnica, un consumo moderado de
productos derivados de la
leche y
vino durante las comidas. Por el
contrario, la ingesta de alimentos preparados industrialmente es
prácticamente nula.
Esta dieta
tradicional del Mediterráneo se ha redescubierto cuando los expertos en
nutrición, en esa lógica inquietud por la alimentación y las formas de
vida, han investigado la manera de convertir las recomendaciones
nutricionales en alimentos concretos y tipos de comida.
Al estudiar
los hábitos alimenticios de distintas poblaciones se comprobó que la
alimentación de las diversas regiones mediterráneas, compuesta por
verduras,
hortalizas,
legumbres, frutas, pescado,
aceite de oliva virgen y
vino, podía ser el origen de las reducidas cifras de
colesterol que
presentaban los mediterráneos cuando eran comparados con los habitantes de
América del Norte, anglosajones y centroeuropeos, los cuales consumían una
dieta con mayor contenido calórico, basada en
grasas y
proteínas de origen
animal, productos lácteos y dulces que preparaban con
mantequilla o
derivados.
Como
resultado de este hecho y de las conclusiones de diferentes estudios, se
acuñó el término de Dieta Mediterránea, refiriéndose a ella como una dieta
saludable, especialmente por su efecto beneficioso sobre las enfermedades
cardiovasculares
En una dieta
ideal los
lípidos deben integrar entre el treinta o treinta y cinco por
ciento del aporte calórico total, distribuido de la siguiente forma: Los
ácidos grasos saturados presentes en carnes,
embutidos, patés,
manteca,
leche,
quesos,
natas, no deben superar el diez por ciento, los
poliinsaturados, pescados y resto de
aceites vegetales, el siete por
ciento y los
monoinsaturados, presentes en el
aceite de oliva, deber
representar entre el quince y veinte por ciento.
El aporte
diario de
colesterol, presente en
huevos, carne y mariscos, debe ser
inferior a 300 mg.
El aceite de
oliva contiene en su composición un elevado porcentaje de
ácido oleico
(80%) que es
monoinsaturado. Su consumo aumenta los niveles de
HDL
y
disminuye las concentraciones totales de colesterol.
A diferencia
de otros tipos de
aceites vegetales, tales como el de
coco y
palma, que se
utilizan fundamentalmente en la elaboración de productos industriales de
bollerías con gran contenido de
ácidos grasos saturados, el
aceite de
oliva además de contener
ácidos monoinsaturados, posee un excelente sabor,
por lo que es utilizado para aderezar ensaladas, verdura hervida, para
untar en el
pan, o incluso podíamos decir, ungir el
pan, dado ese
excelente sabor del
aceite de oliva virgen, que asciende a la cota de
sagrado.
Estudios más
recientes sobre prevención de algunas enfermedades parecen confirmar que
existen sustancias efectivamente “cardioprotectoras” en la alimentación
mediterránea, de las cuales las más relevantes son las
antioxidantes, con
una substancial presencia en el
Aceite de Oliva Virgen Extra.
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